
La crisis económica que atraviesa Cuba ha llegado a un punto en el que el propio gobierno comienza a explorar alternativas que durante décadas rechazó públicamente. Entre ellas aparece ahora una posibilidad tan reveladora como polémica: permitir que cubanos residentes en el exterior inviertan dinero en la economía de la isla.
Las recientes declaraciones del ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, Óscar Pérez‑Oliva Fraga, apuntan precisamente en esa dirección. El funcionario confirmó que el gobierno estudia mecanismos para facilitar la participación económica de cubanos emigrados, algo que durante años estuvo limitado casi exclusivamente al envío de remesas familiares.
Aunque los detalles aún no están completamente definidos, el mensaje es claro: el Estado cubano necesita nuevas fuentes de divisas con urgencia.
Una economía sin liquidez
La economía de Cuba atraviesa una de las peores crisis desde el llamado “Período Especial” de los años noventa.
La inflación, la escasez de alimentos y combustible, la caída de la producción nacional y el deterioro del sistema energético han colocado al país en una situación extremadamente frágil.
En este contexto, el gobierno de Miguel Díaz‑Canel intenta atraer capital sin realizar reformas políticas profundas ni abrir completamente el sistema económico.
La apuesta parece clara: utilizar el dinero del exilio como una nueva vía de financiamiento para una economía que enfrenta graves problemas estructurales.
El dilema político del régimen
Sin embargo, esta estrategia encierra un dilema importante para el propio gobierno cubano.
Durante décadas, el discurso oficial presentó al exilio como un adversario político. Ahora, ese mismo exilio aparece como una posible fuente de capital para aliviar la crisis económica.
Permitir inversiones de cubanos en el exterior implicaría reconocer, al menos parcialmente, el peso económico de una comunidad que durante años fue marginada del desarrollo del país.
Al mismo tiempo, el régimen teme las consecuencias políticas de ese flujo de capital. Un aumento del peso económico del sector privado y de actores vinculados al exterior podría debilitar el control centralizado que ha caracterizado al sistema cubano desde 1959.
Un intento de ganar tiempo
Para muchos analistas, esta apertura hacia el capital del exilio no responde necesariamente a una reforma estructural profunda, sino a un intento de ganar tiempo en medio de una crisis que continúa profundizándose.
El problema es que el dinero, por sí solo, no resuelve los fallos estructurales de la economía cubana: baja productividad, excesiva centralización, falta de seguridad jurídica para los inversionistas y escasa autonomía del sector privado.
Mientras esos elementos no cambien, cualquier intento de atraer inversiones enfrentará serias limitaciones.
Más que economía
El debate que comienza a abrirse en Cuba no es únicamente económico. También es profundamente político.
Aceptar el capital del exilio significa reconocer que el futuro económico de la isla está inevitablemente conectado con millones de cubanos que viven fuera del país.
Y esa realidad podría terminar teniendo consecuencias mucho más profundas que cualquier reforma económica puntual.
Pastor Herrera Macuran
Horizonte Cubano.