Sin luz, sin dinero y sin confianza: el verdadero problema de Cuba

Cuba atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente, y ya no es posible ocultarlo detrás de discursos políticos o justificaciones repetidas.


Mientras la prensa oficial habla de “averías”, “mantenimiento” y “limitaciones temporales”, la realidad en la isla es otra: apagones prolongados, incertidumbre diaria y una población que vive al límite.


El problema no es técnico.
El problema es estructural.


El sistema eléctrico cubano no está fallando por un evento puntual, sino por décadas de abandono, mala gestión y un modelo económico incapaz de sostener siquiera los servicios básicos.


Pero la crisis no termina ahí.


Al mismo tiempo que el país se queda sin luz, el propio régimen reconoce —aunque sin decirlo abiertamente— que necesita dinero. Y no cualquier dinero: necesita dólares.


Por eso, en medio de la crisis, comienzan a enviar señales al exterior, especialmente al exilio cubano, insinuando oportunidades de inversión o participación económica.


Sin embargo, aquí aparece la gran contradicción:

El régimen necesita al exilio, pero no confía en él.

Y el exilio, con razón, tampoco confía en el régimen.


La historia pesa.
Los antecedentes están claros.


Desde las experiencias de los años 90 hasta las políticas más recientes, muchos cubanos recuerdan cómo se incentivó la iniciativa privada solo para luego limitarla, controlarla o, en algunos casos, desmantelarla.


Invertir en Cuba hoy no es solo una decisión económica.
Es un riesgo político.


A esto se suma otro elemento clave: la narrativa oficial.


Funcionarios del gobierno insisten en que la crisis es consecuencia directa de las políticas de Estados Unidos, y llegan incluso a afirmar que si los cubanos en el exterior no viajan a la isla, no es por decisión propia, sino por restricciones externas.


Pero esa narrativa ignora una verdad evidente:


El principal problema de Cuba no es externo.
Es interno.


La falta de confianza, la ausencia de garantías jurídicas y el control absoluto del poder por parte del Estado han creado un entorno donde ni los ciudadanos ni los inversionistas —dentro o fuera del país— se sienten seguros.


Hoy, Cuba enfrenta una triple crisis:

Una crisis energética que deja al país a oscuras

Una crisis económica que limita cualquier posibilidad de crecimiento

Y una crisis de confianza que bloquea cualquier solución real


Sin confianza, no hay inversión.
Sin inversión, no hay crecimiento.
Y sin crecimiento, no hay estabilidad.


El régimen puede seguir buscando explicaciones fuera de sus fronteras, pero la solución no está en Washington.


La solución comienza dentro de Cuba.


Y pasa, inevitablemente, por algo que hasta ahora no ha estado dispuesto a ofrecer:cambios reales, garantías claras y apertura verdadera.

Hasta que eso no ocurra, el país seguirá atrapado en el mismo ciclo:

sin luz, sin dinero… y sin futuro claro.

Pastor Herrera Macuran

Horizonte Cubano.