La nueva macroaudiencia contra 486 presuntos jefes de la Mara Salvatrucha vuelve a poner sobre la mesa la gran pregunta sobre El Salvador: ¿está el país derrotando al crimen o está aceptando un modelo de poder cada vez más duro porque teme regresar al pasado?
Según Reuters y AP, los acusados enfrentan cargos vinculados a más de 47,000 delitos entre 2012 y 2022, y el caso forma parte del aparato judicial reforzado durante el régimen de excepción.
Para entender el respaldo que mantiene Nayib Bukele, hay que empezar por una verdad incómoda para muchos críticos externos: durante años, una parte enorme de la población salvadoreña vivió bajo el dominio del miedo.
Extorsiones, asesinatos, control territorial y barrios enteros bajo la sombra de la MS-13 y Barrio 18 marcaron la vida cotidiana del país. En ese contexto, la caída de la violencia no se siente como una simple estadística, sino como una transformación concreta de la vida diaria.
Datos recogidos por el gobierno británico a partir de cifras oficiales salvadoreñas señalan que el país cerró 2024 con 114 homicidios y una tasa cercana a 1.9 por cada 100,000 habitantes, niveles radicalmente inferiores a los de la etapa más sangrienta.
Amnesty International
Ese cambio explica por qué tanta gente en El Salvador, incluso sin compartir todas las decisiones del gobierno, sigue apoyando a Bukele. No necesariamente porque abrace el autoritarismo, sino porque teme que cualquier debilitamiento del modelo actual abra la puerta al regreso de las pandillas.
Para una sociedad que vivió años de terror, la promesa de orden pesa más que muchas advertencias abstractas sobre institucionalidad. Esa es la fuente principal de la legitimidad política de Bukele.
Pero ahí mismo nace el problema.
El éxito en seguridad no elimina el debate sobre los métodos. Reuters reporta que el régimen de excepción, vigente desde marzo de 2022, ha llevado a más de 91,500 detenciones, mientras AP recoge denuncias sobre restricciones al debido proceso, dificultades para una defensa individual efectiva y cientos de muertes bajo custodia señaladas por organizaciones de derechos humanos.
La crítica más seria contra Bukele no es que haya enfrentado a las pandillas, sino que lo ha hecho construyendo un esquema donde el poder ejecutivo, la Asamblea y el sistema judicial han ido quedando cada vez menos equilibrados.
Human Rights Watch sostiene que el gobierno ha seguido removiendo controles sobre el poder presidencial y aumentando la presión sobre críticos y defensores de derechos humanos.
Amnistía Internacional, por su parte, ha advertido sobre hacinamiento extremo, falta de servicios básicos en prisión y cientos de fallecimientos bajo custodia desde el inicio del régimen de excepción.
Por eso el debate sobre Bukele suele caer en una falsa simplificación. Sus adversarios lo presentan únicamente como un autoritario, mientras sus simpatizantes lo reducen al hombre que salvó al país. La realidad es más compleja. Bukele representa, al mismo tiempo, una respuesta efectiva al colapso de seguridad que vivió El Salvador y una señal preocupante sobre cuánto está dispuesta una sociedad a ceder en materia de garantías, contrapesos y límites al poder cuando el miedo domina la memoria colectiva.
El respaldo popular que mantiene no puede analizarse seriamente sin reconocer ese trauma nacional.
Muchos salvadoreños no están votando por una teoría política; están votando contra el recuerdo de los muertos, las extorsiones y la humillación de un Estado que durante años no pudo protegerlos.
El problema es que un país puede acostumbrarse a vivir sin pandillas y, al mismo tiempo, ir perdiendo poco a poco la costumbre de exigir límites al poder. Ese riesgo no es imaginario. Ya forma parte de la discusión internacional sobre El Salvador.
La lección para América Latina también es clara. Cuando la democracia no logra garantizar seguridad, aparece el líder que promete orden sin demasiadas explicaciones. Y cuando ese orden funciona, aunque sea parcialmente, millones de ciudadanos están dispuestos a tolerar casi todo con tal de no regresar al caos. Bukele entendió esa psicología política mejor que nadie.
La pregunta de fondo ahora no es solo cuánto durará su popularidad, sino cuánto de la democracia salvadoreña quedará en pie cuando la amenaza de las pandillas deje de ser el argumento central del poder.
Pastor Herrera Macuran
Horizonte Cubano
Análisis serio para el futuro de Cuba y el hemisferio.