
Durante años, el debate sobre el futuro de Cuba ha estado dominado por una pregunta recurrente:
¿Debe Estados Unidos dialogar con el régimen cubano?
Sin embargo, esa discusión, aunque importante, está desviando la atención del problema real.
El mayor riesgo para Cuba hoy no es la política exterior de Estados Unidos.
El verdadero peligro está dentro de la propia nación cubana:
-la incapacidad de sus actores políticos y sociales para alcanzar un mínimo de acuerdo.
Una nación dividida antes de la transición
Cuba enfrenta una situación paradójica.
Aún no ha ocurrido una transición política real, y sin embargo, ya existen múltiples visiones enfrentadas sobre cómo debe ser ese proceso:
-Unos defienden la restauración de marcos constitucionales pasados.
-Otros promueven modelos completamente nuevos.
-Algunos apuestan por reformas graduales.
-Otros exigen ruptura total e inmediata.
El resultado es claro:
no existe un consenso mínimo ni siquiera sobre las reglas del juego.
La intransigencia en ambos lados
Es un error reducir el problema a una sola parte.
La realidad es más compleja:
El régimen cubano ha demostrado históricamente una resistencia absoluta a ceder poder.
Pero también, dentro del exilio y la oposición, existe una fragmentación profunda y, en muchos casos, una intransigencia que impide cualquier punto de encuentro.
Cuando ninguna de las partes está dispuesta a ceder, el diálogo se vuelve imposible.
Y cuando no hay diálogo, no hay transición ordenada.
El riesgo real: del desacuerdo al conflicto
La historia ha demostrado que las transiciones mal estructuradas pueden degenerar en escenarios peligrosos:
-Vacíos de poder
-Luchas internas por legitimidad
-Radicalización de posiciones
-Y en el peor de los casos, conflictos civiles
Pensar que Cuba está inmune a ese riesgo sería una grave equivocación.
Una nación sin reglas claras para su transición no camina hacia la democracia.
Camina hacia el caos.
El falso dilema: tutela o soberanía
Ante este escenario, surge una idea peligrosa:
que los cubanos no están en condiciones de gobernarse y que, por tanto, se requiere algún tipo de tutela externa.
Ese planteamiento, aunque nace de una preocupación legítima, encierra serios riesgos:
-Debilita la legitimidad nacional
-Alimenta la narrativa del régimen sobre la “injerencia extranjera”
-Y puede generar más división en lugar de resolverla
Cuba no necesita ser dirigida desde afuera.
Pero tampoco puede permitirse una transición sin estructura.
La única salida viable: reglas, garantías y proceso
La solución no está en imponer, sino en construir.
Cuba necesita:
Un marco claro de transición
Reglas aceptadas, aunque no perfectas
Garantías para todas las partes
Y algún nivel de acompañamiento internacional que brinde confianza, no imposición
No se trata de sustituir la voluntad del pueblo cubano,
sino de evitar que la falta de acuerdos destruya la posibilidad de un futuro estable.
Una verdad incómoda, pero necesaria
El mayor obstáculo para el cambio en Cuba no es únicamente el régimen.
Tampoco es exclusivamente la política de Estados Unidos.
Es la incapacidad de los propios cubanos de ponerse de acuerdo en lo esencial.
Reconocer esa realidad no es rendirse.
Es el primer paso para evitar un error histórico.
Conclusión
Cuba no necesita más discursos extremos.
Necesita madurez política.
Porque si los cubanos no logran construir un mínimo de entendimiento,
el problema no será quién gobierne.
El problema será si el país logra mantenerse unido cuando llegue el momento del cambio.
Pastor Herrera Macuran
Horizonte Cubano
“Orden, verdad y futuro para Cuba y nuestra comunidad.”