Una reflexión necesaria sobre los errores políticos que también debilitaron la lucha por la libertad de Cuba.

Voy a decir algo que muchos no quieren escuchar.
Durante más de seis décadas, los cubanos han sufrido una dictadura que ha destruido la economía, reprimido la libertad y obligado a millones de personas a abandonar el país. Esa realidad es innegable y forma parte de la tragedia política más larga del continente americano.
Pero también existe otra verdad incómoda que casi nadie se atreve a decir en voz alta: la oposición cubana también fracasó.
No toda, por supuesto. Sería injusto afirmar algo así. Muchos hombres y mujeres valientes han enfrentado la cárcel, la persecución, el exilio e incluso la muerte por defender la libertad de Cuba. Su sacrificio forma parte de la historia moral de la nación.
Sin embargo, junto a ese sacrificio real también aparecieron otros problemas que debilitaron profundamente la causa democrática: el personalismo, las divisiones internas, la lucha por protagonismo y, en muchos casos, la incapacidad de construir un proyecto político serio para el futuro del país.
Durante décadas, el régimen supo aprovechar esas fracturas.
Mientras el poder en La Habana se mantenía organizado bajo una estructura política clara, gran parte de la oposición permanecía fragmentada en múltiples grupos, agendas y liderazgos que rara vez lograban coordinar una estrategia común.
El resultado fue una oposición con valor moral, pero con poca eficacia política.
La lucha por la libertad de Cuba nunca debió convertirse en una competencia de egos ni en una disputa por espacios de visibilidad. Sin embargo, en demasiadas ocasiones eso fue exactamente lo que ocurrió.
Mientras tanto, el régimen consolidaba su control.
Esto no significa ignorar la represión. La dictadura cubana ha utilizado todos los mecanismos posibles para impedir la organización de una oposición fuerte: vigilancia, infiltración, encarcelamientos y exilio forzado.
Pero incluso bajo esas condiciones, otros movimientos democráticos en el mundo lograron construir liderazgos, programas políticos y estrategias capaces de generar cambios.
En el caso cubano, esa construcción nunca llegó a consolidarse plenamente.
Hoy, cuando el país atraviesa una de las crisis económicas y sociales más profundas de su historia, esa reflexión se vuelve inevitable.
Cuba necesita algo más que denunciar a la dictadura. Eso ya se ha hecho durante décadas.
Lo que Cuba necesita ahora es construir una visión seria de futuro: un proyecto nacional capaz de unir a los cubanos dentro y fuera de la isla, superar las divisiones históricas y ofrecer una alternativa política creíble.
La libertad de Cuba no llegará solo por el colapso del régimen. También requerirá madurez política, liderazgo responsable y la capacidad de aprender de los errores del pasado.
Porque reconocer los fracasos no es un acto de debilidad.
Es el primer paso para no repetirlos.
Pastor Herrera Macuran
Horizonte Cubano