
Michigan dejó una lección: la gente también vota con el bolsillo
La victoria de Abdul El-Sayed en la primaria demócrata para el Senado de Estados Unidos en Michigan debería analizarse más allá de su religión o de su origen. Su campaña puso sobre la mesa asuntos que afectan directamente la vida cotidiana de millones de estadounidenses: salud, vivienda, costo de vida y la influencia del dinero en la política.
La reciente victoria de Abdul El-Sayed en Michigan puede generar titulares por muchas razones. Es musulmán, de ascendencia egipcia, progresista y consiguió derrotar a Haley Stevens, representante en el Congreso y candidata respaldada por importantes figuras del establishment del Partido Demócrata.
Pero concentrarnos solamente en su religión sería perder de vista una de las lecciones más interesantes de esta elección.
El-Sayed habló de Medicare for All, del costo de la vivienda, de las dificultades económicas de las familias trabajadoras y de reducir la influencia de los grandes intereses económicos sobre la política estadounidense.
Y los electores respondieron.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si el candidato es musulmán, judío, cristiano, latino, negro o blanco.
La pregunta debería ser mucho más sencilla:
¿Qué propone para mejorar la vida de las personas?
La economía cotidiana importa
Estados Unidos continúa siendo una de las mayores potencias económicas, tecnológicas y militares del planeta. Sus empresas se encuentran entre las más poderosas del mundo y su economía genera una riqueza extraordinaria.
Sin embargo, millones de estadounidenses siguen preocupados por cuestiones mucho más elementales: cuánto cuesta el alquiler o la hipoteca, cuánto deberán pagar cuando visiten un hospital, cuánto cuesta asegurar a la familia, cuánto pueden comprar con su salario y si sus hijos podrán algún día adquirir una vivienda.
Ahí existe una contradicción que la política estadounidense no debería ignorar.
Según datos de la Oficina de Análisis Económico de Estados Unidos, las ganancias corporativas alcanzaron niveles extraordinariamente elevados en 2026. Que las empresas obtengan beneficios no constituye por sí mismo un problema; las ganancias son parte esencial de una economía de mercado.
El problema político comienza cuando una parte de la población observa esas cifras mientras siente que su propio nivel de vida no mejora en la misma proporción.
Una economía saludable necesita empresas exitosas.
Pero también necesita trabajadores capaces de vivir dignamente del producto de su trabajo.
¿Por qué Estados Unidos paga tanto por la salud?
La atención médica ofrece quizá el ejemplo más llamativo.
Estados Unidos gasta mucho más por habitante en salud que el promedio de los países desarrollados de la OCDE.
Según Health at a Glance 2025, Estados Unidos gastaba aproximadamente 14,885 dólares por persona en atención sanitaria, frente a un promedio de 5,967 dólares en la OCDE.
Es decir, gastamos muchísimo.
Sin embargo, la esperanza de vida estadounidense era de 78.4 años, aproximadamente 2.7 años por debajo del promedio de la OCDE.
Esto obliga a formular una pregunta legítima independientemente de que uno sea republicano, demócrata, independiente, conservador o progresista:
¿Estamos obteniendo los ciudadanos estadounidenses resultados proporcionales a todo el dinero que gastamos?
Hablar de una reforma sanitaria no debería significar automáticamente ser socialista ni capitalista.
Debería significar buscar un sistema que funcione mejor.
La comparación con Europa
También debemos evitar simplificaciones.
No sería correcto afirmar que todos los europeos viven mejor que todos los estadounidenses. Europa comprende economías y sociedades muy diferentes, y Estados Unidos continúa ofreciendo niveles de ingresos, innovación y oportunidades extraordinariamente elevados.
Pero existen aspectos del modelo social de numerosos países europeos que merecen estudiarse.
Muchos ciudadanos europeos cuentan con sistemas de cobertura sanitaria universal o ampliamente accesible, vacaciones laborales protegidas, licencias familiares y redes públicas de protección social considerablemente mayores.
Estados Unidos ha escogido históricamente otro modelo.
La cuestión no debería ser copiar ciegamente a Europa.
La cuestión debería ser preguntarnos:
¿Qué podemos aprender de aquello que funciona mejor en otros países?
Una gran nación no demuestra su grandeza únicamente por el tamaño de su economía, su ejército o sus corporaciones.
También debe poder demostrarla mediante la calidad de vida de sus ciudadanos.
Sacar el gran dinero de la política
Otro de los mensajes importantes de la campaña de El-Sayed fue su crítica a la enorme cantidad de dinero que circula alrededor de las campañas políticas.
Este problema tampoco pertenece exclusivamente a la izquierda o a la derecha.
Cuando millones de dólares provenientes de organizaciones, corporaciones, grupos de presión y grandes donantes intervienen en una elección, el ciudadano común puede legítimamente preguntarse cuánto pesa realmente su voz.
El dinero siempre tendrá alguna participación en las campañas políticas. Organizar, comunicar y movilizar cuesta dinero.
Pero existe una diferencia entre financiar una campaña y permitir que la capacidad económica determine quién puede ser escuchado.
La democracia debe proteger esa diferencia.
La lección de Michigan
Por eso considero que reducir la victoria de Abdul El-Sayed a que Michigan tiene una importante población musulmana sería una explicación demasiado sencilla.
Su identidad evidentemente forma parte de su historia y puede haber influido en determinados sectores del electorado.
Pero hubo algo más.
Hubo un programa.
Hubo electores preocupados por la atención médica, la vivienda, el costo de vida y el poder económico dentro de la política.
Y eso debería servir de advertencia para ambos partidos.
Los ciudadanos pueden cansarse de escuchar únicamente quién es el enemigo, quién pertenece a la izquierda, quién pertenece a la derecha, quién es socialista, quién es MAGA, quién es progresista o quién es conservador.
Después de toda esa discusión llega el momento en que una familia abre la nevera, paga el alquiler, recibe una factura médica o mira el saldo de su cuenta bancaria.
Entonces la política adquiere otro significado.
Primero, el ciudadano
Estados Unidos no necesita abandonar la economía de mercado que contribuyó a convertirlo en una potencia mundial.
Necesita conseguir que esa economía funcione mejor para una mayor cantidad de ciudadanos.
Las empresas deben poder crecer.
Los empresarios deben poder invertir.
La innovación debe ser recompensada.
Pero el trabajador también debe poder prosperar.
Una persona que trabaja honestamente debería poder aspirar a una vivienda, atención médica accesible, alimentación adecuada, educación para sus hijos y una jubilación digna.
Eso no debería ser patrimonio exclusivo de demócratas ni republicanos.
Debería ser una aspiración estadounidense.
Michigan acaba de ofrecernos una interesante lección política.
Quizás muchos ciudadanos estén comenzando a mirar menos la etiqueta del candidato y más lo que ese candidato puede hacer por su vida cotidiana.
Musulmán, judío, cristiano, latino, negro o blanco: al final, una familia necesita pagar las mismas cuentas.
Y quien comprenda esa realidad puede comprender también hacia dónde podría estar moviéndose una parte del electorado estadounidense.
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